La Agricultura es la profesión propia del sabio, la más adecuada al hombre sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre. Cicerón

viernes, 23 de septiembre de 2011

EL BUNKER



El Correo Vasco, septiembre 2011. Gustavo Duch
Michael es tremendamente fatalista. Cuando conoció los peligros de la energía nuclear construyó en los bajos de su casa un refugio nuclear. Como teme a los ladrones tiene también una habitación del pánico. Los alimentos y productos de limpieza que compra y utiliza para su familia llevan etiquetas de cien por cien ecológicos no sea le entre una toxoinfección en casa; y el agua corriente pasa por un doble sistema de filtro y depuración.
Pero Michael no está preparado para todo, porque Michael, como la mayoría de personas de los países industrializados, nos alimentamos en un sistema global muy vulnerable, del qué poco conocemos. ¿Si supiera Michel que cualquier día nos pueden cortar el suministro de energía, se instalaría unas placas solares autónomas? ¿Si supiera que nos pueden cortar el suministro de agua, recuperaría el agua de lluvia y el viejo pozo del jardín? ¿Y si supiera que el supermercado se podría quedar vacio, sin comida, atiborraría las despensas de latas de conserva y embutidos? No sería una solución acertada a largo plazo, claro, pero de todas las pesadillas que aterran a Michael, seguramente la menos improbable sea precisamente esa última: el desabastecimiento de comida, sobre todo en las ciudades.
La alimentación urbana hoy por hoy está totalmente desconectada de la producción de alimentos;  la producción de alimentos que abastece a las ciudades es totalmente dependiente de energía fósil; y la energía fósil no es infinita (la regla del tres). Cuando el déficit de petróleo y gas natural sea más patente (o cuando alguna crisis estratégica nos deje sin suministros) el precio de la energía será progresivamente más elevado. De hecho se puede observar una correlación directa entre el precio del petróleo y los costes de los alimentos que, de naturaleza industrial y no campesina, se producen con pesticidas y fertilizantes derivados del gas y del petróleo; que se han sembrado, regado y cosechado mecánicamente; que han viajado en barco, camión o avión; y que guardamos en frigoríficos que calientan el planeta.
¿Qué  puede hacer Michael y sus monomanías para protegerse ante tal descalabro? Como dicen algunos textos, también los individuos y las familias podemos empezar a introducir una agricultura y alimentación de transición,  que vaya acercándonos progresivamente a una alimentación de bajos o negativos costes energéticos. Cinco ideas:
  1. Revisar la despensa y la nevera y analizar cuánto petróleo vemos en ella. Cuántos envases y  paquetería observamos, cuántos alimentos kilométricos nos abastecen, cuántos dependen de una cadena de frío, cuanta carne aparece…para tenerlo en cuenta.
  2. Revisar la nota de la compra…y nos sorprenderemos que comparado con otros capítulos de nuestros gastos no es este uno de los más sangrantes, de forma que no es mala idea empezar a desviar partidas de nuestro presupuesto del capítulo de lo ‘innecesario’ al capítulo de lo ‘vital’.
  3. Repensar los menús en base a la sostenibilidad, es decir, pensar en nuestros hábitos de compra, en nuestra forma de guardar y preparar la comida, incluso del modo de vida que nos lleva a tener o no tiempo para cocinar.
  4. Rebuscar cerca de dónde vivimos alguna cooperativa o grupo de consumo que ya están abasteciéndose de productores locales; o localizar mercados de campesinos.
  5. Ruralizar la casa, es decir dedicar las macetas, el jardín o la terraza a cultivar una parte de lo que requerimos. O participar de un huerto comunitario en ese terreno abandonado del barrio.
Esto más o menos, o confiar en un milagro que –Michael lo sabe- no se dará.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

CRISIS ALIMENTARIA

Septiembre 2011, REVISTA ECOLOGISTA, Gloria Martínez y Gustavo Duch
Algo no va bien cuando el diccionario –o nuestro uso del mismo- se queda sin recursos. Al drama de levantarse por la mañana, cada mañana, y no saber qué vas a poder comer tú y tu familia, le llamamos ‘crisis alimentaria’. Cuando comer pepinos, brotes de soja o carne de cerdo puede –dicen- causarte una indigestión, le llamamos ‘crisis alimentaria’. Y si de la noche a la mañana, por arte de birlibirloque, los precios de la canasta alimentaria suben por las nubes, a eso… ¿cómo le llamamos? Pues sí, ‘crisis alimentaria’ evidentemente.
Un embrollo semántico por falta de lucidez. El capitalismo es lo que tiene, que nos latifundiza los conceptos y los disimula creando el eufemismo único: ‘crisis alimentaria’ para no tener que sonrojarse hablando de hambre, pérdida de soberanía alimentaria, especulación, envenenamientos industriales…
Las  crisis alimentarias, cualquiera de éstas tres, no son algo coyuntural

miércoles, 1 de junio de 2011

Una crisis inpepinable

El Correo Vasco, 1 de junio de 2011. Gustavo Duch

La ‘crisis de los pepinos’ o mejor dicho el brote de E. Coli que afecta al norte de Europa, es una buena ensalada donde se mezclan alarmas, angustias y mensajes de confianza. A la espera de respuestas definitivas sobre sus orígenes, y ahora que tenemos a los pepinos absueltos, me parece imprescindible abrir algunas reflexiones sobre el sistema alimentario global por el que hemos optado en los países desarrollados (y que se ha impuesto a los países del Sur empobrecido).
El sistema en cuestión ha sido diseñado para producir algo parecido a alimentos, a costes muy bajos, tanto económicos, sociales como ecológicos; pero que puedan producir altos beneficios a quienes se dedican a su comercialización. Los alimentos, lejos de considerarlos como una necesidad y un derecho, se entienden como una mercancía sin más. El caso de los pepinos es un buen ejemplo: los esfuerzos para cultivar, regar y cosechar un pepino, representarán para el agricultor o agricultora 0’17 euros por kilo vendido. La población consumidora pagará 1’63 euros por kilo. Es decir, un incremento superior al 800%.
Mercancías con este margen son verdaderos diamantes que recorren el mundo siempre en una misma dirección, la dirección centrípeta: desde las regiones productoras a las poblaciones con más poder adquisitivo. Y pepinos, piñas o panga hacen entonces viajes muy largos, en temporada alta y con muchas ciudades que visitar. Las administraciones ante este mercado, no se plantean revisar el modelo, sino que optan por asegurar y aumentar los controles alimentarios. Pero por muchas medidas que se puedan tomar, y como hemos visto también con las dioxinas, gripe porcina o vacas locas, las crisis alimentarias son insalvables, y las acabamos pagando la población consumidora (que puede enfermar) y la productora (que puede perderlo todo).
Las dimensiones del problema también las hemos de tener en cuenta. Una partida de alimentos industrializados afectada de algún problema de salubridad son miles y miles de unidades contaminantes, aumentando mucho la dispersión y alcance del brote o epidemia.
Por último en Alemania, donde se ha podido percibir cierta descoordinación entre sus autoridades, han obrado tajantemente bajo el principio de precaución, impidiendo el consumo del pepino y otras hortalizas… por lo que pudiera ocurrir. El mismo principio que en cambio siempre queda relegado en otros riesgos alimentarios no agudos pero si a largo plazo, como por ejemplo el consumo de alimentos transgénicos o las nuevas prácticas de nanotecnología. Pareciera que las multinacionales que controlan el sistema alimentario tienen lazos muy estrechos con las autoridades sanitarias que a ellas sí les permiten campar, acampar y cultivar a sus anchas.
A partir de estas reflexiones y otras que se podrían añadir, parece lógico proponer que las medidas políticas en agricultura y alimentación se dirigieran más a revisar el modelo en sí mismo. No podemos resolver estas crisis con más puntos de control, con más tecnología; es un camino equivocado y sin salida. Sin embargo, como dice la Dra. Marta Rivera «la Soberanía Alimentaria, que apuesta por la relocalización de los sistemas agroalimentarios y por modelos de producción campesinos, podría (además de alimentar a toda la población) incrementar también la seguridad alimentaria. Por un lado, los alimentos serían adecuados al contexto cultural, por otro lado, la agricultura campesina, desde el enfoque de la agroecología, favorecería la producción de alimentos sin tóxicos, disminuyendo el riesgo de consumir alimentos contaminados y socialmente justos. Así mismo, el acortamiento de la cadena alimentaria y la reducción del número de intermediarios y transformaciones sufridas por los alimentos disminuyen los puntos críticos en los que los alimentos pudieran ser contaminados».
Y los beneficios quedarían en manos campesinas. Las alarmas sólo servirían para despertarles por la mañana, si el gallo se olvidara de cantar.

Gustavo Duch. Autor de LO QUE HAY QUE TRAGAR. Coordinador de la revista SOBERANÍA ALIMENTARIA, BIODIVERSIDAD Y CULTURAS.

martes, 17 de mayo de 2011

Graneros del mundo

La Jornada de México. Gustavo Duch. 17 de mayo de 2011 Si son tan amables, lean con atención estos párrafos que tomo prestados de un diario:
«El 8 de mayo más de un millar de vecinos y vecinas, indignados todos ellos y ellas salieron a la calle ante lo que consideran un nuevo atropello para su territorio. Perfiles de personas mayores, jóvenes que animan el acto reivindicativo a golpe de cacerolas y tambores, nuevos rostros de personas que han decidido volver al campo, padres de la mano de sus niños y niñas que no quieren que recojan el testigo de una tierra desolada; todos y todas indignadas por una de las últimas operaciones planificadas, con el beneplácito de las Instituciones de nuestra tierra, para dar cobertura legal a una empresa que pinta de negro el futuro de nuestros campos y de nuestros pueblos. La indudable pretensión de autorizar la construcción de una mega-incineradora.
«Los mensajes de los organizadores de la manifestación y en representación de las personas movilizadas no pudieron ser más claros. -Esta es una tierra olvidada, de la que nunca se acordaron cuando llegó la era del desarrollo. Y ahora, que las zonas desarrolladas no saben dónde ubicar su basura, quieren que nosotros aceptemos que se queme en nuestra tierra; asumiendo las nefastas consecuencias sobre la salud y sobre nuestra escasa economía, basada exclusivamente en la calidad de nuestro medio ambiente. ¡Ubicar aquí esta incineradora es decir adiós al futuro de nuestra comarca, es potenciar la despoblación que ya vivimos, es una injusticia social! Eso es lo que hoy venimos a denunciar: ¡la injusticia! y nuestro derecho a buscar un desarrollo sostenible para nuestro territorio, un camino que se amolde a nuestro entorno, que le haga evolucionar, sin arrancar nuestras raíces».
Como han llegado hasta aquí con la lectura, primero muchas gracias. Segundo, supongo que se preguntaran dónde ocurre esto. ¿Ghana, actual chatarrería para los electrodomésticos europeos? ¿Territorios rurales de México dedicados a la instalación de las industrias más contaminantes? ¿O les viene a la memoria la reciente noticia de los planes de Japón y EEUU de llevar sus residuos nucleares a Mongolia?

Efectivamente podría ser uno de esos lugares, lugares que tienen todos un elemento común: se encuentran en el Sur global, en la espalda del mundo, oprimidos debajo de los grandes, al servicio de las urbes, las metrópolis y las industrias: los Sures Rurales, repartidos por todos los puntos cardinales. Como es Tierra de Campos, «la comarca que fue el granero de España, hoy sólo es el granero de los bancos y de las transnacionales agroalimentarias. De ella se ha extraído casi todo: nuestras gentes, nuestro dinero, nuestro patrimonio, nuestra cultura, para desprestigiarla y arrinconarla en fríos museos etnográficos. (…) Sólo nos traen la mierda (futuros cementerios nucleares, incineradores, etc.) y las mentiras. Mentiras, y mentiras de nuestros representantes públicos, que siguen planificando nuestras vidas sin contar con nosotros y nosotras». Así lo explica uno de sus campesinos, (campesinos dice el diccionario, aquel originario de Tierra de Campos), Jeromo Aguado.

Como él nos recuerda pareciera que la llamada urgente que Stephane Hessel, uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hacía a la ciudadanía : ¡INDIGNAOS!, a los sures rurales y maltratados, a los graneros del mundo extenuados, ya llegó: «¡ESTAMOS INDIGNADOS!», claman.

Gustavo Duch Guillot, Coordinador de la revista SOBERANÍA ALIMENTARIA, BIODIVERSIDAD Y CULTURAS y autor de LO QUE HAY QUE TRAGAR.

martes, 10 de mayo de 2011

Las manos

Galicia Hoxe, 11 de mayo de 2011. Gustavo Duch

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define el término rural como ‘Inculto, tosco, apegado a cosas lugareñas’. En contraposición, se refiere al término urbano como ‘Cortés, atento y de buen modo’.

El cacique se levantó. Estaba rodeado de todas las personas del clan. El clan de los Urbanos. Estaban atrapados, en la encrucijada, no más podían demorar la decisión. -Tomemos un nuevo camino, ¿cuál? ¿Por dónde? ¿Hacia dónde? ¿Para llegar a? ¿Con quiénes? – preguntó.
Las familias ya no cultivaban la tierra. Habían delegado la producción de alimentos a empresarios que con modernos métodos de cultivos –explotaciones, les llamaban- habían estrangulado todos los recursos naturales. A los pocos años, poco quedaba para comer, y menos quedaba que fuera comestible. Tanto gastaron y tanto despilfarraron que montañas de residuos, emitiendo gases pestilentes, les impedía respirar con regularidad. El oxigeno que llegaba a sus venas, y el agua que bebían en sus vasos, estaban infectados, y así, sus cuerpos enfermaban.
Habían perdido todo el control. El cacique y su asamblea de ancianos, ya no regulaban, no tenían poder. Habían entregado a las manos de una gran mano invisible su libertad. Todo tenía dueño, amo o gestor. También los saberes eran mercancía para esas manos invisibles, frías, atentas, cortesanas y aplastadoras. Y a todo eso le llamaron crisis.
El decidor, el hablador, el que cuenta, el que sabe de otros clanes, se puso de cuclillas y tomó la palabra. -Allí, más cerca de lo que parece, conocí de otro clan. Son los Rurales. Desde hace años entendieron más que nosotras y nosotros. A nuestro lado son precursores, innovadores…casi que son futurólogos. Porque supieron que vendría y actuaron:
Cada familia entregó su blasón, los cosieron y hecho uno y multicolor proclamaron en rebeldía, su soberanía. Pactaron reducir, reciclar, reutilizar y ese ejercicio que les hacía más grandes, le llamaron, decrecer. Pensaron, repensaron y reaprendieron el arte de cuidar la tierra para producir alimentos. Le llamaron agroecología. Recuperaron a sus espíritus que les recordaron cuál era su mejor tesoro: sus manos. Tal vez toscas, pero manos palpables, que abrazan, que rodean, y –concluyó el hablador poniéndose en pie- calientes como el Sol.

martes, 26 de abril de 2011

Agricultura anticrisis

Público. 22 de abril de 2011. Gustavo Duch

El hambre, la peor y la más extendida de las pobrezas, cruel y paradójicamente nunca tuvo nada que ver con la falta de alimentos. En los últimos años, esta afirmación se presenta con su peor cara. Las crisis alimentarias –las subidas de precio de los alimentos básicos– han sido provocadas por la avaricia de personas, organizaciones y mecanismos que se dedican a la especulación con los alimentos. Unos negocios basados en la fabricación de escenarios de malas y pocas cosechas que, mientras consiguen que sus promotores recolecten grandes beneficios, hacen que para muchas familias desayunar, comer o cenar sea algo imposible, sobre todo en los países empobrecidos del Sur que dedican el 70% de sus ingresos a la necesidad de alimentarse.

Pero aun sabiendo que no es un problema de abastecimiento, pues disponemos de alimentos suficientes para todo el planeta –más de la mitad de las cosechas de cereales se dedican a piensos para animales y agrocombustibles; los descartes de la pesca rondan el 40%; sólo en Europa en la cadena de producción, suministro y consumo de alimentos, se desperdicia hasta un 50% de los alimentos; y otros datos que señalan el mal uso y desperdicio de los alimentos–, es necesario revisar qué modelo de agricultura puede ayudar a revertir la situación.

Las características que debemos demandarle a esta agricultura son tres: que tenga capacidad productiva suficiente para la población actual y futura; que sea respetuosa con el medio ambiente y con el uso de los recursos naturales, es decir, que sea sostenible; y que genere el suficiente sustento nutritivo y económico para las personas que la producen, porque es precisamente la población campesina quien más sufre pobreza, en una crisis antigua y estructural.

Como pudimos escuchar el pasado 17 de abril, Día de la Lucha Campesina, los movimientos campesinos defienden con contundencia y perseverancia, frente a la agricultura industrial (la que imita los procesos industriales y fabriles), una agricultura inspirada en la naturaleza: la agroecología. Sus bondades más evidentes (adaptabilidad a diferentes ecosistemas, bajo uso del petróleo, poca contaminación, defensa de la biodiversidad, mejor calidad, etc.) casi nadie las discute. En cambio, siempre se la acusa de ser una agricultura bucólica, romántica e incapaz de producir lo suficiente. Un mito en el que la industria agrícola ha invertido tanto que pareciera que las plantas sólo crecen regadas con productos químicos, los árboles sólo dan frutos si se las abona con fertilizantes sintéticos y las vacas sólo dan leche si se las alimenta con soja.

Pero tenemos fundamentos para afirmar que esto no es así. El más reciente llega del relator especial sobre el Derecho a la Alimentación de las Naciones Unidas, que presentó ante el Consejo de Derechos Humanos en Ginebra su informe “La Agroecología y el Derecho a la Alimentación”, elaborado a partir de las investigaciones más relevantes en estas temáticas de los últimos cinco años, donde se ratifica que “la agroecología puede duplicar la producción alimentaria entre cinco y diez años en regiones donde reina el hambre”.

Para llegar a esta conclusión el informe presenta diferentes estudios y experiencias donde se han aplicado variadas técnicas basadas en la perspectiva agroecológica. Por ejemplo, destaca el estudio realizado por el profesor de la Universidad de Essex (Reino Unido) Jules Pretty en el que se compararon los efectos de la agroecología en 286 proyectos distribuidos en 57 países empobrecidos, englobando en total una superficie de 37 millones de hectáreas, es decir, una superficie muy significativa. Pues bien, los resultados muestran un aumento medio de la cosecha del 79%. O el estudio encargado por el Proyecto de Previsiones del Gobierno del Reino Unido sobre el Futuro de los Alimentos y la Agricultura Mundiales, que examinó otros 40 proyectos en 20 países africanos en los que se impulsó la agroecología durante la década de 2000. En ellos, el rendimiento medio de las cosechas, sólo entre tres y diez años, se duplicó holgadamente. Es decir, una familia campesina, con técnicas muy sencillas, ecológicas y autónomas (por ejemplo, incorporación de peces en los arrozales de regadío, barreras de piedra para mejorar la humedad del suelo, integración de la ganadería con la agricultura, cultivos repelentes de insectos, utilización de leguminosas para fijar nitrógeno y muchas otras) puede ver en poco tiempo más que duplicados los alimentos que puede consumir o llevar al mercado.

Con tales evidencias, y con los problemas que genera la agricultura intensiva, es preciso revisar dos planteamientos urgentemente. Por un lado, en los países más empobrecidos se ha de favorecer la propagación de esta agricultura, creando el entorno propicio –como dice el relator–. Las estrategias nacionales deben incorporar la agroecología como el motor fundamental de su producción de autoabastecimiento, y para ello se debe reorientar el gasto público en agricultura, actualmente centrado en agricultura para la exportación, y apoyar todas las estrategias participativas (por ejemplo los programas “de campesino a campesino”) que permiten la difusión más eficiente de este nuevo enfoque.

Y por otro lado, ¿no deberíamos en los países industrializados, con megagranjas de gallinas y cerdos en clausura, con monocultivos de trigo u olivares, y por lo tanto de pueblos desiertos, de huertas abandonadas, de un campesinado inexistente o envejecido… y paisajes artificiales, revisar –a vista de los resultados presentados– nuestro propio sistema agrario y alimentario?

Gustavo Duch es coordinador de la revista ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’

ILustración de Jordi Duró

lunes, 18 de abril de 2011

GIRO DE LA POLÍTICA DE TRANSGÉNICOS

El único país de Europa que apuesta claramente por el cultivo de
transgénicos, España, pegará un golpe de timón en los próximos meses. El
Gobierno prepara un registro obligatorio de parcelas cultivadas con maíz
modificado genéticamente en el que los agricultores se tendrán que apuntar
siempre antes de sembrar y mediante comunicación formal y expresa, según
la hoja de ruta del Ejecutivo en materia de transgénicos, a cuyas
conclusiones ha tenido acceso Público.
 
El documento asegura que "el Gobierno no incentivará el cultivo de
transgénicos", aunque en la práctica lo desincentivará. Los propietarios
de las tierras tendrán que comunicar en qué parcelas exactas plantan
transgénicos, de qué tipo son y "las medidas adoptadas en cada cultivo
para evitar contaminación externa". La creación de esta lista negra de
agricultores transgénicos, con un indudable poder disuasorio, se
concretará mediante un real decreto antes de que termine la legislatura.
 
Los agricultores tendrán que retratarse ante la opinión pública
 
Una plaga que causa estragos
La ministra Rosa Aguilar cambia así el paso marcado por su predecesora al
frente del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, Elena
Espinosa, que siempre apoyó el cultivo de transgénicos en España. Aguilar,
en cambio, defendió el programa electoral antitransgénicos de Izquierda
Unida hasta que abandonó la formación para entrar en la Junta de Andalucía
con los socialistas. Recién nombrada ministra, en diciembre de 2010, la
exalcaldesa de Córdoba aseguró en una entrevista con este periódico que
comía transgénicos "sin problemas".
 
En España se plantaron en 2010 unas 76.000 hectáreas de maíz con genes
alterados en laboratorio, casi una cuarta parte del total del maíz
nacional. Estas plantas modificadas genéticamente son resistentes a una
plaga que causa estragos en Aragón y Catalunya: los llamados insectos del
taladro o barrenadores del tallo. Cuando estos bichos mordisquean el
tallo, una proteína tóxica para ellos paraliza su sistema digestivo y
mueren.
 
El propio Ministerio afirma que estos alimentos no son perjudiciales
 
A partir de la entrada en vigor del real decreto, los agricultores que
quieran sembrar esta variedad resistente al taladro, desarrollada en
origen por la multinacional estadounidense Monsanto, tendrán que
retratarse en el registro y exponerse a la opinión pública. Según el
último Eurobarómetro, de 2010, sólo el 35% de los españoles apoya el
cultivo de organismos transgénicos. En 2002, el porcentaje alcanzaba el
61%. El temor de los ciudadanos es tal que el maíz sólo se dedica al
consumo animal, porque ninguna empresa se ha atrevido a comercializarlo
para las personas. Sin embargo, la misma encuesta revelaba que en el país
de Europa con mayor superficie sembrada con transgénicos uno de cada
cuatro ciudadanos no ha oído hablar nunca de esta tecnología.
 
Sin incentivos
El creciente rechazo de los españoles a los transgénicos no se corresponde
con ninguna evidencia científica que indique peligro. El propio Ministerio
explica en su página web que "no existe ningún estudio científico que
demuestre que estos alimentos sean perjudiciales para la salud". La
industria siempre ha esgrimido esta ausencia de riesgos para rechazar la
creación de un registro de parcelas cultivadas con maíz modificado. La
propia existencia de una lista negra ya siembra dudas sobre su seguridad,
argumentaban.
 
En la actualidad sólo se conoce el número de hectáreas por autonomía
 
Las organizaciones antitransgénicos, como Greenpeace o Amigos de la
Tierra, sí reclaman desde hace años la creación de un registro público,
como según ellos exige la legislación europea. Hasta la fecha, el Gobierno
español había interpretado esas directivas de otra manera y sólo ha
publicado el número de hectáreas transgénicas en cada comunidad autónoma,
sin decir dónde se encuentran exactamente. En España no hay nada parecido
a un registro. La superficie sembrada se calcula en función de las ventas
de semillas modificadas genéticamente declaradas por las multinacionales.
 
La actualización del nuevo registro central será responsabilidad de las
comunidades autónomas, según la hoja de ruta del Ejecutivo, que buscará
"el máximo grado de consenso y participación de los sectores". El
documento también señala que "el Gobierno de España no irá a más en primas
e incentivos al cultivo de transgénicos", aunque en la actualidad no hay
recompensas económicas para el cultivo de transgénicos, más allá del
ahorro en insecticidas contra la plaga del taladro.
 
Tres Españas
El discurso del Gobierno ha cambiado por completo. En los papeles del
Departamento de Estado de EEUU revelados por Wikileaks aparecía el
secretario de Estado de Medio Rural y Agua, Josep Puxeu, pidiendo al
embajador estadounidense presión en la UE a favor de los alimentos
transgénicos. Pese a su supuesta seguridad absoluta, Austria, Francia,
Alemania, Grecia, Hungría y Luxemburgo han prohibido su cultivo. Sólo
España, la República Checa, Portugal, Rumanía, Polonia y Eslovaquia
plantan organismos modificados genéticamente en la UE. Y, dentro de ellos,
España cultiva aproximadamente el 80% del total europeo.
 
Ahora, el Ejecutivo parece sospechar. "Las autoridades científicas deben
mantener un seguimiento continuado de la evolución y consecuencias de los
cultivos, y las autoridades de gestión, tanto nacionales como regionales,
deben acentuar el seguimiento y control de los cultivos", asegura el
documento.
 
Si se confirman las trabas burocráticas a los transgénicos en nuestro
país, la UE se quedará definitivamente descolgada del ritmo de los grandes
países americanos y algunos asiáticos, como India y China. Si se trajeran
a España todas las hectáreas de tierra cultivadas con transgénicos en todo
el mundo en 2010, habría que recorrer el país desde Huelva hasta Girona y
desde Cartagena hasta A Coruña atravesando un tupido campo de mazorcas de
maíz, hilachas de algodón y granos de soja con sus genes modificados en el
laboratorio. Y todavía faltarían otras dos Españas.
 
El año pasado, la cifra de transgénicos plantados en el mundo rozó por
primera vez los 1,5 millones de kilómetros cuadrados. El 80% de la soja
que se planta en el planeta ya es transgénica. Y el 65% del algodón. Y el
30% del maíz.
 
La UE, voluntariamente, se ha quedado fuera de este boom. En 1998,
Bruselas aprobó el cultivo del maíz con genes modificados por la
multinacional estadounidense Monsanto para ser resistente a la plaga del
taladro. Desde entonces, nada. La UE sólo aprobó en 2010 una patata
transgénica de la química alemana BASF, cuyo uso será residual, para
obtener almidón para las industrias del papel, textil y de adhesivos.
 
Casi la mitad de todo lo plantado se encuentra en EEUU. Y el resto se
reparte entre Brasil, Argentina, India y Canadá. El primer país europeo en
esta lista es España, en el puesto 16, según el último informe del
Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones
Agrobiotecnológicas. Además de cultivar maíz, España lo importa de EEUU y
Argentina, igual que la soja y la colza transgénicas, cuya siembra no está
autorizada en nuestro país.